SHIATSU PARA AYUDAR A SUPERAR LA FOBIA SOCIAL (I)

La fobia social es una timidez exagerada, se caracteriza por un miedo y ansiedad marcados y persistentes a enfrentar determinadas situaciones sociales, a la interacción con los demás, o, simplemente, a ser observados en cualquier situación, hasta tal punto que todo esto interfiere de forma muy importante en la vida diaria de quien la padece. (http://www.fobiasocial.net/)

Comencé mi angustioso viaje movido como un títere por la “fobia social generalizada” en febrero del año 1999, con 32 años.

Seis meses antes de esa fecha,  este trastorno aparecía esporádicamente, siempre en presencia de algún grupo de gente, y duraba segundos:

Me sentía invadido por un miedo irracional que embotaba mi cabeza (no podía pensar con claridad), aceleraba mi ritmo cardíaco, tensaba la musculatura de todo mi cuerpo  –rigidez en el cuello-  y hacía aparecer  rubor en mis mejillas.

A esta experiencia se añadía el miedo que me producía esta aparición repentina e incontrolable de esos síntomas físicos y psíquicos.

Acababa pasando y todo volvía a la normalidad, así que en aquel momento no le di importancia.

Un día, trabajando como monitor voluntario en una Escuela de Adultos, apareció la ansiedad, repentinamente y con mucha intensidad, en medio de una clase. Reconocí que algo en mi no iba bien, que la taquicardia, la dificultad para respirar, la rigidez muscular en el cuello, la imposibilidad casi de articular palabra y el imperioso deseo de salir de allí cuanto antes, no eran normales.

En aquella situación hice un esfuerzo -para mi tremendo- por ocultar lo que me pasaba y puse una excusa para finalizar la clase e irme.

 Ese fue el comienzo de la fase más aguda de mi trastorno psicológico, que duraría aproximadamente 3 años (1999  hasta finales de 2001).

 Hablé de ello con mi madre y luego con el  resto de mi familia.

La reacción fue de incredulidad pues desde fuera no habían notado nada extraño en mi comportamiento.

Llegó el momento en que empecé  a salir menos de casa y a evitar a la gente cuando estaba cerca de mi: entonces aceptaron que algo pasaba conmigo y me dijeron que fuera al médico.

Desde el principio tuve la firme determinación de superar eso que me pasaba, así que fui al médico: me dio cita para ir a ver a un psiquiatra de la Seguridad Social.

La cita coincidía con mi jornada de trabajo. Si iba tendría que entregar un justificante del médico a mis jefes. La idea de que se enterasen de que era un enfermo mental pudo conmigo y no fui. Pensaba que de saberse sería estigmatizado, considerado persona no normal y, quizá, no apta para la tarea que desempeñaba.

Recurrí, por recomendación de una amiga, a una psicóloga y grafoterapeuta que recibía pacientes en un despacho  privado. Llamé, le conté lo que me pasaba, me dijo que podía ayudarme y comencé el tratamiento de grafoterapia con ella. Estuve dos años y medio, o mejor dicho, fui estafado durante todo ese tiempo. Mi obsesión por ocultar lo que me pasaba y lo difícil que me resultaba encontrar otro tipo de  ayuda contribuyó a que hubiera estado tanto tiempo en manos de esta persona.

Gracias a otra amiga y también a cierta mejoría que sentía en ese momento (lograda  mediante mi esfuerzo diario por superar mi trastorno) tomé la decisión de abandonar la grafoterapia. Me costó mucho, sobre todo cuando la “terapeuta” afirmaba que de irme empeoraría hasta encontrarme tan mal o peor que cuando llegué a su consulta.

Después  busqué por Internet y a través de e-mail conecté con una persona que  me habló de CETAES. Llamé y empecé un tratamiento cognitivo-conductual a primeros de noviembre de  2001. Yo me encontraba mejor de lo que estaba en febrero de 1999 pero todavía era incapaz de disfrutar de un paseo por la ciudad por el temor a que alguien se acercara a preguntarme, por ejemplo, dónde estaba una calle. Los episodios de fobia no eran tan intensos ni duraban tanto como al principio pero seguían apareciendo en presencia de gente.

 En CETAES (Centro para el Tratamiento de la Ansiedad y el Estrés) estuve 3 o 4 meses. Llegó un momento en que no pude pagar los honorarios y me tuve que marchar. En esos 3 o 4 meses mejoré.

A partir de entonces  (febrero/marzo de 2002) y después de haber seguido buscando recursos que pudieran serme de utilidad para seguir mejorando, me sentí movido a probar prácticas bioenergéticas como el Reiki (2002  hasta 2007) primero, y el Shiatsu (2008 hasta el día de hoy), después.

Estas prácticas se basan en la certeza de que existe un sistema de energía  (Energía Universal en Reiki; Ki en Shiatsu) cuyo equilibrio/desequilibrio genera equilibrio/desequilibrio en el  cuerpo y la mente. Cuando el Ki fluye sin trabas distribuye energía e información por cuerpo y mente para que funcionen de forma saludable. Cuando no ocurre así aparece desorganización/ desequilibrio/enfermedad.

El Shiatsu, un masaje con efectos teraeúticos de origen japonés que se realiza con  las manos, aplicando presión sobre puntos y canales energéticos del cuerpo,  tiene el propósito de mantener o devolver el equilibrio a la persona.

De 2002 a 2007, con el Reiki, hubo períodos de estancamiento y de evolución lenta. Desde 2008 hasta 2011, con el Shiatsu, noté una progresiva y rápida mejoría.

Durante los más de cinco años que llevo practicando Shiatsu, desde 2008, la mejoría ha sido cada vez mayor hasta el punto de haber desaparecido el trastorno de fobia social/ansiedad que padecía desde 1999. Desde 2011  me siento más seguro de mi mismo, disfrutando del contacto con la gente, hablando en público con la tensión que suele ser normal al comienzo de una exposición, con las ideas claras y bastante relajado físicamente.

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